Shakespeare, que fue un maestro de los pequeños misterios de la vida, supo resumir uno de los más complejos en una sola frase, que se encuentra en “La Tempestad”, tan conocida como enigmática: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, como indicándonos que soñar es una de las ocupaciones más insoslayablemente humanas.
Mucho se ha escrito y se ha polemizado acerca del libre albedrío en el hombre. Los filósofos de todos los tiempos –y los vulgares “opinadores” de siempre- han expuesto todas las posibilidades, o casi todas, al respecto.
En el acto de estar erguido como una lanza que avanza contra el viento a través de la niebla, más allá de lo conocido y lo desconocido, reside el ser filósofo. Filósofo significa el enamorado de la Verdad, el enamorado de la Sapiencia, aquel que pone todas las cosas por debajo de la búsqueda de esa Sapiencia. Un enamorado tal vez no es un ser del todo inteligente, pero sí es un convencido de que va a llegar a la meta que se ha propuesto, alguien noble que trata con todas sus fuerzas de alcanzar aquello que se vislumbra más allá.